martes, 4 de octubre de 2011

Otoño.


Curiosa estación, que nos obliga a superar el cálido verano y nos prepara para comenzar el frío invierno.
Los dorados y marrones comienzan a aparecer en el paisaje. Las hasta entonces resistentes hojas se desprenden con delicadeza de los árboles, dejando un frágil manto anaranjado sobre el húmedo asfalto que no tardará en descomponerse. Una suave brisa envuelve el ambiente, susurra una melodía improvisada y revuelve nuestros cuerpos en un desperado intento por llevarnos con ella. El sol decide esconderse por momentos y privarnos de su calor, jugando inocentemente con las numerosas nubes que se ciernen sobre nuestras cabezas. El mal tiempo acecha pacientemente, aprovecha la más mínima oportunidad para cortar el cielo con brillantes relámpagos y ruidosos truenos y dejar escapar de vez en cuando numerosas gotas de lluvia, que se precipitan a la carrera para acabar estrellándose en la sólida tierra.
Dicen que el viento se lleva los recuerdos que nos atormentan y los entierra en algún lugar secreto, pero lo cierto es que no siempre se esmera en cavar una tumba lo bastante profunda.